La denuncia de la senadora Camila Flores por la difusión de imágenes privadas, que se habrían obtenido desde una cámara de seguridad instalada en su domicilio, abrió una discusión que va más allá del caso puntual: qué tan conscientes somos de lo que grabamos dentro de la casa y quién puede acceder a ese material.
Estos dispositivos se han vuelto cada vez más comunes en hogares y condominios. Sin embargo, cuando apuntan hacia espacios familiares o interiores de una vivienda, también pueden registrar momentos íntimos, rutinas, conversaciones o situaciones cotidianas que no deberían quedar expuestas.
Claudio Álvarez, experto en ciberseguridad y académico de la Facultad de Ingeniería y Ciencias Aplicadas de la Universidad de los Andes (Uandes), advierte que el primer error es mirar estos equipos solo como una herramienta de protección.
“El principal error es olvidar que una cámara doméstica es más que un dispositivo de seguridad; es un sistema que captura datos altamente sensibles de la vida privada”, señala.
No basta con instalar una cámara
Según el especialista, las fallas más frecuentes suelen estar en decisiones simples: mantener contraseñas de fábrica, no activar doble factor de autenticación, compartir cuentas entre familiares, técnicos o conserjes, dejar acceso remoto sin control y no actualizar las aplicaciones o el firmware de los equipos.
También advierte sobre un punto clave: la ubicación. Instalar cámaras en espacios íntimos o sin informar a quienes viven o trabajan en el lugar puede transformar una medida de resguardo en un problema de privacidad.
Álvarez explica que lo mínimo es revisar dentro de la aplicación quiénes tienen acceso al sistema. Para eso, recomienda buscar secciones como usuarios, familia, permisos, dispositivos vinculados, historial de acceso o administradores.
“Ahí se debe eliminar cualquier cuenta desconocida, cambiar la contraseña, activar doble factor y revisar si existe acceso para técnicos o empresas externas”, afirma.
Si la persona no recuerda quién instaló o administró originalmente el sistema, el académico de la Uandes recomienda tratarlo como no confiable. En ese caso, sugiere recuperar la cuenta con un correo o teléfono propio, cambiar las claves del Wifi y del router, actualizar el software y, si es necesario, resetear las cámaras para configurarlas desde cero.
Cuánto guardar y quién puede ver
Otro aspecto relevante es el almacenamiento de las grabaciones. Para el experto en ciberseguridad, no tiene sentido acumular registros durante meses o años si no existe un incidente que justifique conservarlos.
“La recomendación central es aplicar minimización: grabar lo necesario, conservarlo por el menor tiempo razonable y limitar estrictamente quién puede acceder”, sostiene.
En esa línea, plantea que los plazos breves, de días o pocas semanas, reducen el daño potencial ante una filtración. Además, recomienda usar cuentas individuales, contraseñas robustas, doble factor de autenticación y eliminación automática de videos antiguos.
Si las imágenes quedan en la nube, el usuario debe revisar dónde se almacenan, quién puede acceder a ellas, cuánto tiempo se conservan y cómo se eliminan. Si se guardan de forma local, el equipo debe estar protegido físicamente y no quedar expuesto directamente a Internet.
“Las imágenes de vigilancia pueden mostrar aspectos muy íntimos de la vida privada, por lo que no deben tratarse como archivos domésticos comunes”, advierte Álvarez.
Para una vivienda promedio, el experto recomienda una solución simple, pero bien administrada: proveedor confiable, cifrado, cuentas separadas, retención breve y permisos claros. En definitiva, no se trata solo de instalar cámaras para sentirse más seguro, sino de definir límites sobre qué se graba, quién lo ve y por cuánto tiempo queda guardado.