La reciente noticia sobre el uso de armas en contextos escolares volvió a instalar una pregunta urgente: por qué no logramos anticipar estas situaciones antes de que escalen.
Especialistas coinciden en que no se trata de hechos aislados, sino del resultado de procesos previos, donde influyen factores emocionales, sociales y familiares que muchas veces pasan desapercibidos.
La psicóloga Camila Ovalle, cofundadora de Bow Care, explicó que las conductas violentas en adolescentes suelen vincularse a experiencias como bullying, conflictos familiares y frustración emocional.
Según la profesional, cuando estas emociones no encuentran canales adecuados, pueden transformarse en conductas disruptivas o peligrosas, especialmente en jóvenes sin herramientas para expresarse.
Ovalle advirtió que estas situaciones presentan señales como aislamiento, irritabilidad, impulsividad y cambios de ánimo, aunque no siempre se interpretan como indicadores de riesgo.
Finalmente, enfatizó que el problema radica en un enfoque reactivo, ya que muchas veces se actúa tarde, pese a que “las señales siempre están”, instalando el desafío de detectarlas a tiempo.