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Maylen conquista a los pequeños agricultores

Maylen conquista a los pequeños agricultores

Ha mostrado retornos mayores, producto de su sabor, firmeza y calidad de viajera, lo que está impulsando que fruticultores de menor escala apuesten por ella, a pesar del costo de la inversión.

Carlos Leiva, agricultor de San Esteban, en Los Andes, en 2016 tenía que tomar una decisión clave: seguir cultivando hortalizas, las que por años habían sido la fuente del sustento familiar, pero que venían dejando cada vez peores resultados; o hacer un cambio radical y atreverse a plantar uvas. A pesar de que implicaba mayor inversión y más riesgo, la promesa de mejorar la rentabilidad que le hacía Maylen, la variedad 100% chilena desarrollada por INIA, lo decidió.

“Nos arriesgamos. Fuimos y plantamos, sin ninguna ayuda ni subsidio por planta. Incluso yo todavía estoy endeudado pagándolas, porque no es barato. Pero yo creo que valió el riesgo”, afirma Leiva, quien es parte de MiFruta, agrupación de pequeños productores de Los Andes.

Cuenta que el cambio no fue fácil y que implicó sacrificios, ya que los gastos aumentaron. “Ha sido difícil, porque tuvimos que trabajar mucho. Mi esposa tuvo que salir a trabajar para subsistir en el tiempo que se demora en dar la planta, que son dos o tres años; entonces es muy duro”, cuenta Leiva.

Parecido le pasó a la familia Contreras, la que producía uva de mesa con líneas tradicionales, pero hace unos años se dieron cuenta de que las nuevas variedades tenían mucha mejor aceptación en el mercado.

“Mi papá comenzó con esto. Partimos con temor, porque podría ser a lo mejor una pérdida de tiempo, pero el interés de cada productor fue de confiar y de ponerle el hombro. A luchar todos juntos por algo que hoy día se están viendo resultados”, relata Mauricio Contreras, agricultor de uva de mesa y también parte de MiFruta.

Apostaron por la nueva variedad, porque prometía características como su firmeza y que llega en buenas condiciones a destino, resistiendo bien los tiempos de traslado. Y ello implicaba obtener mejores retornos.

“Los buenos comentarios que nos han hecho es que la baya no se parte, tiene un escobajo firme, el raquis no se pone negro, el calibre es alto y el sabor es característico, porque es muy dulce”, indica Cristian Lepe, otro de los integrantes de la agrupación, quien tenía cinco hectáreas con variedades tradicionales como flame y Thomson, y una parte dedicaba a pasas, pero que en 2016 comenzó a plantar Maylen en dos hectáreas.

La “princesa” tiene otro valor agregado no productivo: es la única creada en Chile.

“Detrás de un racimo de uvas se pretende exportar también la historia de un país, de una familia y de un grupo de emprendedores. Esto no solamente es un negocio. Detrás de una caja de fruta va la identidad de un país”, declara Antonio Walker, ministro de Agricultura.

Inversión alta, retorno positivo

“Uno invierte demasiada plata en la planta. Yo creo que el costo debe estar entre 10 y 12 millones de pesos, en promedio, por hectárea. No es tan fácil eliminar una variedad y cambiarse a otra”, dice Luis Contreras, productor que tiene 1,2 ha con Maylen.

La planta, incluyendo el royalty , “vale entre 20% y 30% más que una planta normal”, detalla Lepe.

Lo anterior es producto de los años invertidos en la investigación y el desarrollo de la nueva variedad.

“Desde el programa de desarrollo de proveedores son más de 20 millones de pesos. Aquí hay varios millones de dólares invertidos, pero es una cadena de valor. Lo relevante es que no solo invertimos como Estado, sino el resultado de esto es que tenemos fruta que se vende a más de dos dólares el kilo en el mundo”, valora Sebastián Sichel, vicepresidente ejecutivo de Corfo.

Lo confirman los productores: “El año pasado la mejor de la que me llegó paga fue la Maylen”, dice Leiva.

“El año pasado, de todas la variedades que exportamos, esta tuvo un 30% más de precio, y eso es mucha plata que te sube tu liquidación final”, agrega Cristina Lepe.

Los agricultores cuentan que esperan que los retornos de esta variedad suplan el descenso que ha tenido en general el precio de la uva en los últimos años. “Estamos cada vez más apretados, por eso esperamos que con estas variedades se abra un mercado o tenga mejores líneas de crédito”, comenta Luis Contreras.

Otro beneficio para los pequeños agricultores es que la variedad se comercializa bajo el concepto de comercio justo, lo que les permite ingresar a mercados de nicho.

“Como hay una responsabilidad social mayor en Europa, el cliente final cuando ve que es un producto de comercio justo lo compra, lo prefiere y paga un poco más también, 5% a 10% más”, cuenta Lepe.

Fuente: Revista del Campo

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