Hace casi un mes comenzó un nuevo proceso constituyente que tiene elementos que parecen hacerlo más razonable que el anterior. Se crearon instancias tendientes a que el nuevo texto sea más serio. Los famosos 12 bordes son de gran relevancia para la discusión. Si bien no infalibles, parece que aseguraron de antemano la inclusión de normas y principios desechados por la Convención el año pasado; como que Chile es una república democrática, que se deben respetar los símbolos patrios, y que la soberanía tiene como límite la dignidad humana y los Derechos Humanos reconocidos en tratados internacionales. Adicionalmente, expertos y árbitros mostraron el tono que se busca imprimir a la nueva etapa: sobriedad, respeto y decencia republicana.
Si bien ya han pasado 6 meses desde que un 62% de los chilenos rechazó el proyecto de la Convención, no podemos olvidar lo sucedido ni dormirnos en los laureles. El estándar no puede ser ese texto, fruto de un trabajo muy mal hecho y con contenidos nefastos para el desarrollo de Chile: ahogaba la iniciativa privada y privilegiaba excesivamente la del Estado, otorgaba privilegios a un grupo de forma absolutamente sectaria, terminaba con 200 años de historia del Senado, y dejaba en completa indefensión la vida de personas que aún no nacen.
Si pudiésemos rescatar bondades del proceso anterior, es posible que la participación ciudadana sea lo más relevante. No por el hecho de haberse acogido las iniciativas populares de norma presentadas -que fueron casi todas desechadas-, sino por el interés que hubo de miles de personas que se organizaron en torno a distintas propuestas y promovieron, desde la sociedad civil, una opción prudente para Chile. Sin embargo, es legítimo que las personas pierdan el interés constituyente por otras urgencias que viven las familias a diario, por lo que es también responsabilidad de quienes participan activamente en el proceso incentivar la participación y dar los espacios para que ello se desarrolle con facilidad.
El pasado 4 de septiembre la propuesta fue muy mal evaluada por su contenido y por el pésimo trabajo de los constituyentes, y su rechazo fue transversal: en las comunas más pobres y también las más ricas del gran Santiago, ganó en todas las regiones del país y sectores etarios. No es momento de cruzar los brazos, sino de seguir con detención el proceso y presentar una alternativa a cada una de las malas decisiones que se tomen en el camino. Serán necesarios los acuerdos, pero solo en aquello que hace bien a Chile. La redacción de una nueva Constitución no implica borrar la historia ni poner en pausa el trabajo que se requiere día a día para hacer de la sociedad chilena una mucho más libre, justa y humana.
Teresa Le Blanc, presidenta Fundación ChileSiempre