“Por eso es que yo me atrevo, en mi calidad de presidente de la República, a asumir la representación de la nación entera para, en su nombre, pedir perdón a los familiares de las víctimas. Por eso, también, pido solemnemente a las Fuerzas Armadas y de Orden, y a todos los que hayan tenido participación en los excesos cometidos, que hagan gestos de reconocimiento del dolor causado y colaboren para aminorarlo”. Con esas palabras y visiblemente conmovido, un 04/03/1991 el presidente Patricio Aylwin hacía un crudo reconocimiento de los hechos de sangre ocurridos entre 1973 y 1990, y que tenían al estado de Chile como gestor y ejecutor de los mismos.
El 11 de septiembre de 1973 marcó un hito doloroso y divisivo en la historia de Chile. Reconozco, acepto y comprendo que, en su momento, hubo quienes creyeron que el golpe era la única manera de proteger a Chile del maximalismo de la Unidad Popular, y lo nefasto de su administración y dirección, la inestabilidad política y la violencia campante. Sin embargo, no podemos negar que este episodio también dejó cicatrices profundas en nuestra sociedad, en forma de violaciones a los derechos humanos y divisiones que aún perduran.
Pedir perdón no implica debilitar nuestras convicciones políticas o traicionar nuestros principios. Más bien, se trata de asumir la responsabilidad de los errores que se cometieron y de trabajar hacia un futuro en el que la reconciliación y la unidad sean posibles. La represión, la censura y las violaciones a los derechos humanos que ocurrieron bajo el régimen militar no pueden justificarse en nombre de ningún salvataje. La democracia y el respeto a los derechos fundamentales son valores que deben estar por encima de cualquier diferencia política.
Al pedir perdón, también debemos comprometernos a trabajar juntos para asegurar que nunca más en la historia de Chile se repitan los errores del pasado, como los volvió a cometer esta nueva izquierda refundacional que asoló el país desde octubre 2019, y garantizar que los derechos humanos sean respetados en todo momento y lugar.
En este 50 aniversario del golpe militar, extiendo la mano a todos los chilenos y chilenas, sin importar su afiliación política, en un espíritu de reconciliación y unidad. Es hora de construir un futuro en el que la democracia, la justicia y el respeto a los derechos humanos sean los pilares fundamentales de nuestra sociedad. Pedir perdón es el primer paso en ese camino hacia la reconciliación y la construcción de un Chile más fuerte y unido. ¡Viva Chile!