Los incidentes ocurridos hace una semana en el estadio Monumental, con motivo del duelo de Copa Libertadores entre Colo Colo y Monagas, solo vinieron a ratificar una idea que hace mucho se apoderó de los verdaderos hinchas del fútbol: para qué voy a arriesgar mi vida y la de mi familia en un estadio si nadie hace absolutamente nada por cambiar la situación. Ni el Estado, ni Carabineros, ni los guardias privados ni los eventuales organizadores del denominado “espectáculo”.
No importa el recinto. No importa quienes se enfrenten. Un grupo minoritario de delincuentes disfrazados de barristas tienen la suficiente cuota de violencia y de apoyo logístico, para cometer sus actos a vista y paciencia de las cámaras. Y también, a vista y paciencia de esas mismas cámaras que supuestamente sirven para identificar a los violentos, se van a sus casas sin que nadie les corte el paso. Impunidad pura. O incluso a vista y paciencia de Carabineros pueden entrar a la fuerza a un recinto privado como el Monumental para realizar un velorio sin que nadie quede siquiera retenido.
¿Escuchó a algún dirigente o autoridad política, dando una explicación coherente sobre la presencia de un acusado de homicidio paseando libremente por el estadio Monumental con un fierro en la mano? ¿Cuántos detenidos hubo esa noche por todos los incidentes? ¿Qué fue de los responsables de los desmanes en el último superclásico? Todos están ahí, sueltos en la calle, esperando que les abran otra vez las puertas de los estadios para hacer notar su presencia. Si el año 2022 fue el peor del siglo en hechos violentos en los recintos deportivos, este 2023 no se está quedando atrás.
El tema es que las medidas que se toman son un chiste. ¿O acaso usted cree que jugando sin público se acabará la violencia o los clubes se tomarán en serio esto de garantizar la seguridad de todos los asistentes? El fútbol sencillamente no es capaz de otorgar las mínimas condiciones de seguridad. Y la autoridad política hace mucho rato le soltó la mano a la actividad.
Hay tanta incoherencia en algunos actores que a esta altura nadie sabe qué puede pasar. Fíjese que la semana pasada, el alcalde Rodolfo Carter anunció las penas del infierno en contra de Audax Italiano si permitía la venta de entradas a hinchas de la U no porque debían cumplir fechas de sanción, sino que no los quería ver por los alrededores cometiendo algún acto de violencia. Amenazó con no arrendar más el estadio, entre otras cosas. Siete días después, los mismos fanáticos azules llenaron el recinto floridano para el superclásico femenino. ¿Distinto público? Quizás más variado, pero los lienzos que se apreciaron son los mismo que se ven en el campeonato masculino.
Es cierto, la sociedad chilena está enferma. Que los niveles de agresividad no solo se aprecian en los estadios de fútbol. Lo vimos en recitales hace un tiempo atrás, lo vemos en cada manifestación callejera. Pero a diferencia de todos esos episodios sociales, la violencia del fútbol ocurre en espacios cerrados, donde resultaría más fácil identificar a los agresores. Y donde si existiese voluntad, se podría actuar con toda la fuerza que da la ley. Pero no. El miedo se apoderó de todos, incluidos quienes deben defender el llamado “espectáculo”. A esta altura, no queda más que asumir que la batalla está perdida. Y lo peor, es que nadie está dispuesto realmente a revertir todo esto.
Cristian Caamaño, Periodista de Deportes en Agricultura