Cada invierno la escena se repite. Suena el despertador, pero cuesta abrir los ojos. Aun después de una noche aparentemente suficiente de descanso, muchas personas sienten que les falta energía para comenzar el día. Durante décadas se atribuyó esta sensación al frío, a las bajas temperaturas o simplemente a una mayor necesidad de dormir. Sin embargo, la neurociencia ofrece una explicación mucho más precisa: el protagonista no es el invierno, sino el horario del amanecer.
El horario en que se levanta —o sale— el sol marca para el cerebro el inicio del día y ello también determina cuando llega el momento de prepararse para dormir. Cuando ese sistema pierde sincronía con nuestros horarios cotidianos, aparecen el cansancio, la somnolencia y el llamado “déficit de sueño”.
Así lo explica el doctor en Neurociencias John Ewer, académico del Programa de Magíster en Neurociencias de la Universidad de Valparaíso y especialista en ritmos circadianos.
“En Chile sentimos quizás más sueño en el invierno porque, dado el huso horario que rige en la mayoría del territorio continental, el sol se levanta más tarde de lo que debería. Eso significa que nuestro cuerpo se despierta más tarde y, cuando usamos un despertador, tenemos que levantarnos antes de que nuestro organismo esté preparado. Terminamos acumulando un déficit de sueño y, por lo tanto, sentimos más sueño durante el día. Los más afectados son los niños y sobre todo los adolescentes”, explica.
Cuando el despertador le gana al cerebro
Aunque solemos pensar que despertamos porque suena una alarma, para el cerebro la verdadera señal que marca el comienzo del día es la salida del sol, simplemente porque es por lejos la señal de luz más fuerte a la cual nos exponemos.
“Nuestro reloj biológico es un reloj suizo que funciona despertándote en función de la hora en que se levanta el sol. Si el sol aparece más tarde, tu cuerpo también quiere despertarse más tarde. El problema es que los relojes y los despertadores nos obligan a levantarnos antes de que nuestro organismo esté listo. Si funcionamos con un horario que no es congruente con nuestro reloj biológico, terminamos con un déficit de sueño”, afirma.
Desde la perspectiva de la neurociencia, el reloj interno continúa siguiendo el horario que entrega la luz natural, mientras nuestras obligaciones laborales, académicas o escolares nos obligan a funcionar bajo un horario cultural. En Chile, el resultado es una deuda de sueño que puede acumularse durante semanas y que muchas personas experimentan con mayor intensidad durante el invierno, cuando el amanecer ocurre más tarde.
El académico agrega que la luz solar tiene un impacto muy importante en las personas. “Para empezar, determina a qué hora comienza el día para tu cuerpo. Pero, además, la información luminosa que llega al reloj biológico también alcanza otros centros cerebrales relacionados con el estado de ánimo”, advierte.
En esa línea, el doctor Ewer explica que este efecto ha sido ampliamente documentado en países ubicados en latitudes altas (zonas cercanas a los polos Norte y Sur), donde durante el invierno la cantidad de horas de luz disminuye de manera considerable. En esas condiciones, algunas personas desarrollan trastorno afectivo estacional, una forma de depresión asociada a la reducción de la exposición a la luz natural.
Aunque Chile no presenta condiciones tan extremas como las regiones nórdicas, el investigador advierte que la iluminación continúa siendo un factor determinante para el bienestar físico y mental.
“No está claro que necesitemos dormir más durante el invierno que en verano. Sin embargo, cuando las personas pueden despertarse de manera natural, sin utilizar despertador, generalmente duermen un poco más durante los meses de invierno. En la vida cotidiana ocurre justamente lo contrario: muchas veces dormimos menos porque nuestro reloj biológico todavía no está preparado para despertarnos cuando comienza nuestra jornada. Y si tu cuerpo se despierta más tarde entonces también te duermes más tarde; pero si el despertador te despierta temprano entonces terminas con una deuda de sueño crónica y esa deuda no se puede pagar”.
Por ello, afirma que uno de los hábitos más importantes para mantener sincronizado el reloj biológico consiste en exponerse a la mayor cantidad posible de luz natural durante las primeras horas del día.
“La luz ordena tus horarios. Por eso es fundamental recibir la mayor cantidad posible de luz, especialmente durante la mañana. Esa señal adelanta el funcionamiento del reloj biológico, hace que el cuerpo comience antes sus actividades y también favorece que el sueño aparezca más temprano por la noche, reduciendo así la deuda de sueño”.