La soledad y el aislamiento social durante la adolescencia no solo afectan el bienestar emocional en el corto plazo, sino que también dejan huellas persistentes en la salud a lo largo de la vida. Así lo demuestra un estudio internacional publicado en la revista Child and Adolescent Psychiatry and Mental Health, que siguió a más de 20 mil personas desde su adolescencia hasta la adultez, durante un período de entre 22 y 24 años.
La investigación, realizada por un grupo de expertos internacionales, entre ellos Rodrigo Yáñez Sepúlveda, académico e investigador de la carrera de Educación Física de la U. Andrés Bello, analizó cómo la soledad (entendida como la percepción subjetiva de sentirse solo) y el aislamiento social (falta objetiva de contacto con pares) se relacionan con el cumplimiento de las llamadas guías de movimiento de 24 horas, que integran tres pilares clave para la salud: actividad física, uso de pantallas y horas de sueño.
Hábitos saludables sostenidos
Los resultados son contundentes. En la adolescencia, solo una minoría cumplía con las tres recomendaciones al mismo tiempo, y esa cifra disminuyó aún más al analizar quiénes lograron mantener estas conductas saludables hasta la adultez. Menos del 2% de los participantes cumplió de forma sostenida con actividad física, tiempo de pantalla y sueño adecuados a lo largo del tiempo.
Pero el panorama fue aún más complejo entre quienes reportaron sentirse solos o socialmente aislados durante su juventud. El estudio evidenció que los adolescentes que se sentían solos tenían menor probabilidad de cumplir con las recomendaciones de actividad física y sueño, tanto en la adolescencia como más de dos décadas después. “Este efecto fue especialmente marcado en mujeres, donde la soledad se asoció a un menor cumplimiento de actividad física, sueño adecuado y del conjunto completo de hábitos saludables”, comentó Yáñez.
En los hombres, la soledad también se vinculó a un peor cumplimiento del descanso y de las guías de movimiento en general, tanto en la adolescencia como en la adultez.
Por otra parte, el aislamiento social, medido como la falta de interacción con amigos, se asoció de forma consistente con menores niveles de actividad física en hombres y mujeres, y con menores probabilidades de cumplir las guías de movimiento en su conjunto. “A diferencia de la soledad, el aislamiento no mostró una relación clara con el sueño, lo que refuerza la idea de que no se trata de conceptos idénticos, aunque estén relacionados”, explica el investigador.
Diferencias entre soledad y aislamiento
Uno de los aportes clave del estudio es distinguir entre ambos fenómenos. La soledad tiene un componente emocional y subjetivo, mientras que el aislamiento social se refiere a la cantidad de vínculos y encuentros. Según plantea el académico e investigador de la UNAB, “la soledad estaría más vinculada a problemas de sueño, debido a mayores niveles de estrés, alerta emocional y malestar psicológico. En cambio, el aislamiento afecta principalmente la participación en actividades físicas, muchas de las cuales en la adolescencia tienen un componente social, como deportes en equipo o actividades recreativas grupales”, dice.
Rodrigo Yáñez advierte que “estas trayectorias de comportamiento pueden consolidarse desde edades tempranas y mantenerse en el tiempo, influyendo en el riesgo de enfermedades físicas y mentales en la adultez”. Por eso, subraya el investigador “la necesidad de abordar la soledad y el aislamiento social como factores de salud pública, especialmente en niños y adolescentes”.
¿Qué estrategias se proponen? Según el académico UNAB, “son fundamentales programas escolares y comunitarios que fomenten la conexión social, el sentido de pertenencia y la participación en actividades grupales, así como intervenciones que trabajen el bienestar emocional y la percepción de apoyo social”.