Cultura

Marcelo Leonart: “Uno debería lamentar que ‘Los Invasores’ sea una obra tan vigente”

Marcelo Leonart: “Uno debería lamentar que ‘Los Invasores’ sea una obra tan vigente”
Marcelo Leonart

El director Marcelo Leonart estrena en el Teatro Nacional Chileno su montaje del clásico de Egon Wolff, obra que, a 60 años de su creación, sigue resonando con una precisión que incomoda.

En conversación con Radio Agricultura, Leonart recuerda al dramaturgo que lo marcó desde los 13 años y que llegó a ser su profesor, reflexiona sobre el poder del teatro para encarnar miedos que no tienen época, y defiende el rol del financiamiento público en la sobrevivencia de la escena nacional. “Egon me contaba que era una pena que Los invasores fuera una obra tan vigente“, dice. “Quería decir que no había cambiado nada.”


Marcelo Leonart tenía 13 años cuando vio La balsa de la medusa en el Teatro de la Universidad Católica. Era 1984, el montaje lo dirigía Tito Noguera, y en el programa figuraba un nombre que él, por su sonoridad, imaginó pertenecía a algún dramaturgo alemán del siglo XIX. “Pensaba que era un escritor alemán del siglo XIX“, recuerda con una sonrisa. Ese apellido era Egon Wolff, y esa noche decidió a qué quería dedicar su vida.

Lo que vino después fue una relación que trascendió el teatro: Leonart estudió en la misma Católica donde Wolff era profesor de Dramaturgia, intercambiaron libros y se juntaban a tomar café cuando el dramaturgo ya rondaba los 90 años. Cuando Wolff murió, en 2016, Leonart montó Flores de papel como homenaje. Ahora, una década después de esa pérdida y en el año del centenario del nacimiento de Wolff, estrena Los invasores en el Teatro Nacional Chileno, el mismo escenario donde la obra se presentó por primera vez en 1963.

La coincidencia de fechas —cien años del natalicio, diez del fallecimiento— no es el único peso simbólico que carga este montaje. Es también la primera vez que Los invasores regresa a esa sala desde su estreno, y Leonart no lo toma a la ligera. “Para mí es un regalo, es un homenaje“, dice. “Pero también es el desafío de hacer esta obra hoy.”

Créditos: FELIPE POGA

Ese “hoy” importa. La obra de Wolff transcurre en la mansión de Meyer, un industrial próspero cuya vida es invadida, en el plano de los sueños, por China: un hombre del otro lado del río que encarna todo lo que el burgués teme y ha preferido ignorar. La situación es una metáfora, y sin embargo, en 2026, Leonart la encuentra con una literalidad que desconcierta. “Hay textos que vas a escuchar cuando vengas a verla y vas a decir: esto se escribió ayer“, afirma.

No es la primera vez que la obra ha sorprendido con su actualidad. Wolff la escribió entre 1962 y 1963, en vísperas de las elecciones presidenciales de 1964. Fue recibida con malas críticas —demasiado conflictiva, dijeron entonces— y sin embargo fue creciendo con el tiempo, ganando lecturas a medida que la historia le daba la razón. Cuando llegó el estallido social de 2019, la metáfora se había vuelto casi literal.

Pero Leonart cree que la vigencia de Los invasores no se explica sólo por la contingencia. “Egon no hablaba de la contingencia”, dice. “Hablaba del alma humana.” Y el alma humana, insiste, es algo que se mantiene más o menos incógnita desde los griegos hasta hoy. Meyer enfrentado a China es, en el fondo, un hombre enfrentado a sus propios miedos”. Eso, subraya el director, es atemporal.

Lo que lo entristece es precisamente que así sea. “Egon me contaba que era una pena que Los invasores fuera una obra tan vigente”, recuerda. “Porque quería decir que no había cambiado nada en todo ese tiempo. Cuando murió, la obra tenía 50 años. Ahora tiene 60. Y las cosas siguen sin cambiar.”

Créditos: FELIPE POGA

El montaje es fiel al texto —con apenas ajustes cosméticos para términos en desuso— pero no renuncia a una escenografía de mayor modernidad ni a un vestuario que mezcla texturas con guiños de época. No hay traslación a otro tiempo ni reescritura: es la obra de Wolff, puesta en escena hoy. “No es una reversión“, aclara Leonart. Y ese gesto de respeto, paradójicamente, es lo que le permite al texto hablar con tanta claridad al presente.

El trabajo con el elenco ha sido, en sus palabras, “muy entretenido”. Jaime Báteman interpreta a Meyer y a la mujer de la casa; ambos fueron alumnos de Wolff en la Católica, lo que cargó los ensayos de una dimensión extra.

“Cuando hablábamos del Egon y de las posibilidades de lo que había escrito y el porqué, lo hacíamos muy en primera persona”, cuenta Leonart. “Habíamos hablado de la obra con él.”

Gabriel Cañas completa el trío central en el rol de China, y cuatro jóvenes actrices y un actor egresados de la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile se suman a la producción, en una convivencia generacional que el director describe como una contaminación de saberes y entusiasmos.

Créditos: FELIPE POGA

Antes de despedirse, Leonart lanza una invitación directa al público. Dice que el espectador tiene un rol activo en este montaje —sin revelar cómo— y que ver un clásico así, con puesta en escena contemporánea, es una experiencia que no se repite fácil. La primera temporada es corta, cuatro semanas, y reunir al mismo elenco después es complicado. “No se la pierdan”, dice.

Y uno entiende que no es sólo una frase de protocolo. Es también el ruego de alguien que lleva cuarenta años creyendo en el teatro como el lugar donde los vivos y los muertos siguen hablándose. Donde Egon Wolff, a cien años de su nacimiento, todavía tiene algo urgente que decir.

 

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