Este viernes, en Espacio Libre de Radio Agricultura, el cientista político e investigador de Libertad y Desarrollo, Jorge Ramírez, presentó un análisis con cifras contundentes sobre el empleo en Chile, destacando un notable crecimiento del sector público frente a un desempeño del sector privado muy por debajo de lo esperado.
Para agravar la situación, el especialista señala que este incremento desproporcionado del aparato estatal no se traduce en mejoras tangibles ni en resultados concretos para la sociedad.
Estado que crece, no aporta y a ratos estorba
El desempleo en Chile es del 8,9%. Estamos hablando de más de 900.000 personas que buscan trabajo sin éxito, con una fuerte concentración en mujeres y en jóvenes con estudios superiores. En los jóvenes entre 20 y 24 años el nivel de desempleo es del 20% y en las mujeres, dentro del mismo rango etario, es del 23%.
De hecho, en los últimos 12 meses se crearon tan solo 141 puestos de trabajo. Sí, escucho bien, 141 empleos en un año. La crisis del mercado laboral ya no solo afecta los ingresos, sino que también comienza a erosionar las expectativas.
Hay 336.000 jóvenes que no estudian ni trabajan, y según cifras del economista Sergio Urzúa, el número de jóvenes con título universitario que no estudian ni trabajan aumentó en un 25% durante el último año. Por contraste, el único empleo que crece con fuerza es el empleo público. De acuerdo con la última encuesta del Instituto Nacional de Estadísticas, INE, el número de funcionarios públicos, es decir, aquellos que trabajan en el gobierno central y en los municipios, aumentó en 104.000 personas entre el año 2022 y el 2024.
El gobierno, además, parece estar jugando en contra del dinamismo del mercado laboral. La ley de las 40 horas, el alza del salario mínimo y los dictámenes maximalistas de la dirección del trabajo han generado fuertes desincentivos a la contratación formal. Justo aquello coincide con una economía completamente estancada que parece haber normalizado el hecho de crecer a una tasa del 2%.
Según datos del Banco Mundial, el gasto de gobierno como porcentaje del PIB pasó en Chile desde un 16% en la década de los 90 a un 21% durante la primera década del 2000, pero en la actualidad se estaciona en torno al 25%. Esta hipertrofia del Estado no se traduce en mayor eficiencia de éste. Las listas de espera siguen congeladas, con casi 2,7 millones de personas esperando una atención.
La propia dirección de presupuesto ha evidenciado que 358 de los 700 programas públicos presentan severas deficiencias en su evaluación, y el recién creado Ministerio de Seguridad ha hecho noticia no por su efectividad, sino por el hecho de que 21 de sus funcionarios o asesores ganan más que el propio ministro, es decir, una renta de 7,3 millones de pesos mensuales. En su mayoría estos asesores son licenciados en cine, asistentes sociales, periodistas o historiadores. ¿Resultados concretos contra la delincuencia? Prácticamente ninguno.
Tenemos un Estado que es profundamente generoso con los suyos, que por cierto son ellos, no usted, y que por si fuera poco no está haciendo la pega. Hace unos días el connotado arquitecto y premio Pritzker, Alejandro Aravena, lo dijo sin eufemismos. El crimen organizado, especialmente el narcotráfico, está cumpliendo funciones que antes cumplía el Estado.
En Viña del Mar, tras el incendio del verano del año 2024, quienes llegaron primero con ayuda y soluciones habitacionales no fue el gobierno, fue el narco, porque el Estado chileno es grande pero es lento y es poco eficaz. Tiene grasa visceral, esa que enferma y es difícil de erradicar, porque cada gobierno ha ido engrosando las capas de funcionarios, creando más burocracia, más cargos y más estructuras, en lugar de optimizar y racionalizar las que ya existen. Cuando en realidad lo que el país necesita es menos captura y más gestión, menos trámite y más eficiencia, más delivery y velocidad de respuesta.
En definitiva, un Estado que no estorbe, un Estado que aporte.