Este sábado 5 de septiembre, Chile dará paso al horario de verano, una modificación que obligará a adelantar los relojes en una hora. Aunque la medida parece sencilla, el organismo necesita un período de adaptación para ajustar sus ritmos internos a los nuevos horarios.
El cambio de hora puede generar durante los primeros días alteraciones en el descanso, dificultades para mantener la concentración y variaciones en el estado de ánimo. También puede afectar la manera en que las personas responden frente a situaciones habituales.
El académico de la Escuela de Psicología de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV), Nicolás Marchant, explicó que la modificación funciona inicialmente como un “estresor circadiano”. Este concepto describe el desajuste temporal que ocurre entre el reloj biológico y las actividades cotidianas.
“Una revisión reciente publicada en Brain Sciences (2026), que sintetiza más de 60 estudios de psicología, psiquiatría y neurociencia, describe que en los días y semanas posteriores a la transición se observa mayor alteración del sueño, dificultades en funciones ejecutivas (tales como memoria de trabajo y atención selectiva), menor capacidad atencional, mayor reactividad emocional y un aumento de síntomas depresivos”, señaló Nicolás Marchant.
El especialista llamó, sin embargo, a interpretar estos resultados con prudencia. Según explicó, los efectos sobre la salud mental presentan magnitudes relativamente pequeñas. En cambio, la evidencia más consistente apunta hacia otros riesgos asociados con la modificación horaria.
“porque si bien los tamaños de efecto sobre el cambio de horario son relativamente pequeños, la evidencia más robusta y con mayor replicabilidad se ha encontrado con el aumento de infartos, accidentes laborales y accidentes de tránsito”, advirtió.
El organismo necesita tiempo para ajustarse
El impacto del cambio de hora no se limita a perder una hora de sueño durante una noche. El principal desafío ocurre cuando las obligaciones diarias dejan de coincidir temporalmente con las señales que regulan el funcionamiento del organismo.
Marchant explicó que existe una diferencia entre el reloj social, marcado por actividades como asistir al colegio o cumplir una jornada laboral, y el reloj biológico, que responde principalmente a los ciclos de luz y oscuridad.
“Este desajuste del ciclo circadiano puede permanecer (en adultos sanos) entre 2 a 7 días, mientras que en personas que sufren condiciones crónicas de salud mental podría tardar entre 1 a 2 semanas”, señaló el académico.
Este proceso también involucra mecanismos fisiológicos relacionados con el sueño y el estrés. Entre ellos se encuentran modificaciones en la producción de melatonina y alteraciones en la regulación del cortisol, hormona asociada a la respuesta del organismo frente al estrés.
Durante el período de adaptación pueden aparecer somnolencia durante el día, cansancio, dificultades para dormir, problemas para despertar e irritabilidad. Algunas personas también pueden experimentar cambios leves en el ánimo.
La atención y la memoria de trabajo pueden verse afectadas temporalmente. Por ello, el cambio de hora podría tener consecuencias en actividades que requieren concentración, incluyendo el desempeño escolar y laboral.
Niños y personas con ciertas condiciones pueden ser más sensibles
La adaptación no ocurre de igual manera en toda la población. El académico de la PUCV señaló que determinadas personas pueden presentar una mayor sensibilidad frente a la modificación.
Entre los grupos que podrían enfrentar mayores dificultades se encuentran quienes tienen condiciones de salud mental preexistentes, como depresión, trastorno bipolar, ansiedad, trastorno de estrés postraumático, déficit atencional y trastornos psicóticos.
Los niños, niñas y adolescentes también pueden experimentar una adaptación más compleja. Esto se relaciona, entre otros factores, con sus horarios de sueño y con la diferencia que puede existir entre sus ritmos biológicos y las horas establecidas para asistir al colegio.
Por esta razón, las primeras jornadas después del cambio requieren especial atención en actividades que demanden concentración prolongada.
Luz natural y horarios regulares ayudan a la adaptación
Una de las principales recomendaciones consiste en preparar el organismo antes de que ocurra la modificación. Para ello, Marchant plantea adelantar gradualmente los horarios de sueño.
La estrategia consiste en mover entre 10 y 15 minutos diarios la hora de acostarse y levantarse durante los días previos. De esta forma, el organismo puede enfrentar la modificación de manera progresiva.
La exposición a la luz natural durante la mañana también cumple un papel relevante.
“Es la señal más eficaz para resincronizar el reloj biológico”, mencionó Nicolás Marchant.
Además, conviene reducir la exposición a luz intensa y pantallas durante la noche, especialmente mientras el organismo se acostumbra al nuevo horario.
Mantener horarios estables para las comidas y realizar actividad física de manera regular también puede favorecer la sincronización del reloj interno. En paralelo, se recomienda evitar las siestas prolongadas durante los primeros días, ya que pueden dificultar el descanso nocturno.
Finalmente, el especialista llamó a reforzar las medidas de precaución al conducir y al realizar tareas que requieran atención sostenida durante el período inicial. La recomendación responde al aumento temporal del riesgo de accidentes descrito por la literatura científica.
A más largo plazo, Marchant sostuvo que la evidencia disponible y la tendencia observada internacionalmente respaldan la conveniencia de eliminar los cambios periódicos de horario y establecer un horario estándar permanente.