Comer mientras se revisan las redes sociales, se responde un mensaje, se sigue una serie o se trabaja frente al computador se ha transformado en una práctica habitual para muchas personas. Sin embargo, esta costumbre puede tener efectos relevantes en la forma en que se perciben las señales de hambre y saciedad, además de influir en la calidad de los alimentos que se eligen.
Así lo explicó Daniela González, nutricionista y académica de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Santiago de Chile, quien plantea que el principal problema de las pantallas durante las comidas está en la pérdida de atención sobre lo que se consume.
“Cuando comemos mirando el celular, la televisión o el computador, parte de nuestra atención deja de estar en la comida y en el acto de comer. Eso hace que no registremos bien cuánto comimos. Esa pérdida de atención es el mecanismo central, porque también debilita la memoria de lo que comimos”, señaló.
De acuerdo con la especialista, esta desconexión puede modificar la sensación de satisfacción posterior a una comida. “La saciedad se desarrolla menos, tiende a ser más baja o a durar menos. En varios estudios se muestra que quienes comieron sin distracción se sintieron más satisfechos, tanto de inmediato como 30 minutos después, comparados con quienes comieron con TV, smartphone o haciendo otra tarea”, indicó.
González añade que la saciedad no depende únicamente de una respuesta fisiológica. “Se construye a partir de la atención y la memoria de la comida. Si la atención se va a la pantalla, el cerebro procesa peor las señales sensoriales y nutritivas que indican saciedad, y esa saciedad ‘cuenta’ menos”, dijo.
Esta menor conexión con la experiencia de comer también puede favorecer que las personas consuman más de lo necesario. La académica explica que la distracción deja mayor espacio a señales externas, como la disponibilidad de alimentos o el placer inmediato, por sobre las señales internas de hambre y satisfacción.
“La distracción puede llevar a consumir más de lo que necesitamos, porque desvía la atención de la comida y deja más peso a señales externas o de placer que a las internas de hambre y saciedad. Por eso después cuesta usar esa información para decidir cuándo parar, ya que persiste el deseo por alimentos que ya se comieron”, sostuvo.
Además, la duración de las comidas puede aumentar cuando existe una pantalla de por medio. “La distracción también tiende a alargar la comida, lo que favorece seguir comiendo, ya que las señales de saciedad no llegan”, agregó.