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Quemas de rastrojos agrícolas en el banquillo

Quemas de rastrojos agrícolas en el banquillo

Sus detractores señalan que afectan las condiciones del suelo, generan contaminación ambiental y favorecen la erosión. Aparecen alternativas para hacerse cargo de esos desechos: su uso en alimentación de ganado, su reincorporación al suelo, cambios en las rotaciones de cultivos, utilizarlos como sustrato para cultivar champiñones o en calderas para producir electricidad.

“Volví a mi tierra verde y ya no estaba, ya no estaba la tierra, se había ido. Con el agua hacia el mar se había marchado”. Es el comienzo de “Oda a la erosión en la Provincia de Malleco”, de Pablo Neruda, publicada en 1956.

Ese empobrecimiento del suelo que aflige a muchas zonas de cultivo en el país cobra aún más vigencia.

Y si bien los cuestionamientos a la agricultura van frecuentemente hacia los que rompen el suelo con el arado y al poco cuidado que se le da y que lleva a desgastarlo, la quema de los rastrojos después de cada cosecha está siempre en los primeros lugares de las críticas. Esta práctica antigua se realiza en todo el mundo, aunque hay países, como México, que ya la han prohibido.

“La quema de los residuos agrícolas es un problema de enorme envergadura en Chile; es poco sustentable, porque afecta negativamente las condiciones físicas y químicas del suelo, además de generar contaminación ambiental”, señala Carlos Ruiz, ingeniero agrónomo investigador del Inia Quilamapu, uno de los promotores de cambiar esta práctica por otras más amigables.

Se refiere a la emisión de gases efecto invernadero, contaminantes como anhídrido carbónico (CO {-2} ), metano (CH {-4} ) y óxido nitroso (N {-2} O) y material particulado dañino para la salud humana, sin considerar otras externalidades negativas como la contaminación visual que afecta peligrosamente a los automovilistas cuando el humo cubre las carreteras. Asimismo, al quedar el suelo descubierto, con el inicio de las lluvias se facilita la erosión, que disminuye su fertilidad natural, que es esencial para mantener la productividad.

“Adicionalmente, la combustión de rastrojos genera pérdida de nutrientes, principalmente de nitrógeno, fósforo, potasio y azufre, y muerte de microorganismos descomponedores presentes en el suelo. Cuando el rastrojo no se quema y es manejado adecuadamente, genera una serie de beneficios, entre ellos, la mejora de la microfauna del suelo, la infiltración de las aguas lluvias, la retención de humedad, retarda la germinación de las malezas y disminuye la erosión, entre otros”, dice Ruiz, extensionista de Economía y Desarrollo Agrícola del Inia.

Del lado de los agricultores, se señala que esta práctica en Chile se realiza en forma responsable.

“Es un herramienta agrícola que se puede utilizar en forma muy segura; tiene riesgos como muchas de las actividades que realizamos, pero que en el último tiempo, y dadas las estrictas regulaciones con que se implementa en Chile, los incendios que se han provocado a partir de quemas agrícolas son muy pocos… Los agricultores usamos el fuego en forma muy segura”, señala Andreas Köbrich, secretario general de la Sociedad de Fomento Agrícola de Temuco, Sofo.

Plantea como externalidad positiva del uso del fuego que después se usan menos agroquímicos, permite eliminar un rastrojo que está lleno de contaminantes, en forma muy eficiente, y destruir semillas de malezas.

“Entonces, es una herramienta que no sería extraño que a futuro se empezara a ver más y más”, subraya Köbrich.

La defensa del uso del fuego la plantea en que a diario todos usamos fuego, hasta en los laboratorios para desinfectar o en el calefont y en la cocina. Aunque está de acuerdo en que se puede reemplazar por otras labores, como incorporar los rastrojos en el suelo o aprovechar la energía que tiene para calderas. Eso sí, la relación con accidentes plantea que las quemas cerca de las rutas están prohibidas.

“Las quemas de rastrojos agrícolas y forestales son una práctica tradicional y la información existente indica que estas deberían ser erradicadas pues contribuyen a la contaminación atmosférica, representan peligro de incendio y se tornan una práctica muy arriesgada en un escenario de sequía y variabilidad climática como la que estamos viviendo. Es una práctica insustentable y poco ecológica”, señala Flavia Liberona, directora ejecutiva de la Fundación Terram.

Liberona propone eliminar la posibilidad de quemas, pero mantener el monitoreo sobre ellas ya que erradicar una práctica toma tiempo. “Además, debería haber desde el Ministerio de Agricultura un programa de apoyo y acompañamiento a campesinos y pequeños propietarios forestales para instalar otras prácticas en la eliminación de desechos vegetales”, agrega.

Casi 260 mil hectáreas

Según cifras de la Corporación Nacional Forestal, Conaf, encargada de controlar estos manejos, durante 2017 se realizaron quemas en 259.739 hectáreas, de las cuales el 93% correspondió a quemas de rastrojos y desechos agrícolas, y el resto a desechos forestales. Las de origen agrícola las encabezó la Región de La Araucanía, con 147.861 ha, seguidas por Ñuble y Biobío que en conjunto quemaron 51.291 ha. Es decir, en estas tres regiones se concentra el 83% de esta forma de procesar los desechos.

“Actualmente, el uso del fuego para eliminación de residuos vegetales representa el 7,5% de las causas de incendios forestales en Chile, de lo cual el 5,8% corresponde a quemas ilegales y el 1,7% a quemas que, aunque se cumplió con el proceso de aviso, se perdió el control y se transformó en incendio forestal”, indica Aída Baldini Urrutia, gerenta de Protección contra Incendios Forestales de Conaf.

Carlos Ruiz comenta que el manejo de residuos con fuego ha aumentado en los últimos 40 años, lo que se debería a la intensificación de uso del suelo para producir cereales, ya que en los años 60 la mayor parte de los predios en Chile explotaban un sistema productivo mixto, que incluía cereales y ganadería, en el que esta última usaba los rastrojos como recurso alimenticio. De ahí que la quema prácticamente no existía, añade Carlos Ruiz.

Aída Baldini señala que considerando desde 2008 a 2017, en promedio se registran 14.546 avisos de quemas, que afectaron a 232.301 hectáreas como promedio anual. Las cifras se han incrementado entre 2015 y 2017, y al 21 de octubre de este año ya van 17.321 avisos por 244.223 hectáreas. A eso se agregan las quemas ilegales, unas 350 a 400 al año que detecta Conaf.

El incremento se debe principalmente a la ampliación a todo el territorio nacional del Reglamento sobre Roce a Fuego, al efecto producido en los usuarios a partir de la fiscalización conjunta entre Conaf y Carabineros y la puesta a disposición del Ministerio Público a quien se sorprende usando fuego de manera ilegal y al monitoreo permanente en regiones usando tecnología satelital, visitas en terreno y derivación a Ministerio Público de los antecedentes de quemas ilegales detectadas, asegura Baldini.

Una evaluación hecha en el Inia Quilamapu plantea que las quemas de rastrojos de trigo generan al productor una pérdida que se aproxima a los 85 mil pesos por hectárea, si se consideran los nutrientes que se desaprovechan y el costo de la quema propiamente tal, que incluye, entre otros, personal y maquinaria para labores de prevención de incendio.

Aunque no hay un estudio exhaustivo que cuantifique los daños que produce la quema de rastrojos, dada la magnitud de la superficie en que se usan, “es evidente que existe un desaprovechamiento económico de un recurso importante, aunque existen numerosos agricultores que ya no queman sus rastrojos”, plantea Carlos Ruiz.

Opciones hay variadas. La más económica es cosechar los cereales con una máquina equipada con equipo picador y distribuidor de paja, plantea Carlos Ruiz. Luego en este mismo método, con equipo especializado se debe picar el rastrojo remanente y mezclarlo con el suelo. En esta última labor, se debe aplicar nitrógeno para favorecer la descomposición de los rastrojos. Otra forma es retirar el 50% del rastrojo de cereales en fardos y luego mezclar el remanente con el suelo y, además, está en evaluación la siembra directa sobre el campo con retiro previo del 50% de los rastrojos. Para algunos sectores, especialmente en secano, se sugiere incorporar un cultivo adicional a la rotación trigo-avena.

A esos agricultores que prefieren integrar los residuos en el suelo, se añaden ejemplos como el de la Región de La Araucanía en que una cuota de rastrojos es utilizada para la producción de energía eléctrica, mientras que una cantidad importante de este material proveniente de cereales de la Región de Ñuble es trasladada a la zona central y usada como sustrato para la producción de hongos comestibles.

122,3 mil hectáreas de rastrojos de trigo se queman a nivel nacional, y ocupan el primer lugar. De ellas, el 61% corresponde a la Región de La Araucanía y el 24% se reparte entre Ñuble y Biobío, según Conaf.

Fuente: Revista del Campo

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