El director del Teatro Finis Terrae, Francisco Krebs lleva a escena Flores de Papel, de Egon Wolff, en el año en que se cumplen cien años del nacimiento del dramaturgo y una década de su muerte.
Con Camila Hirane y Felipe Zepeda como protagonistas, el montaje propone una lectura del clásico chileno a la luz de los vínculos contemporáneos: las aplicaciones de citas, la mercantilización del amor, la imposibilidad de entregarse a otro con honestidad. “La teoría cae y es la experiencia que uno vive la que te atrapa”, dice.
“Hay obras que uno lee y funcionan. De leerlas, ya se nota que están bien armadas, bien construidas, bien delineadas“. Francisco Krebs lo dice así, sin rodeos, al hablar de Flores de Papel, la pieza de Egon Wolff que estrena el jueves 11 de junio en el Teatro Finis Terrae y que dirige en un año cargado de fechas: se cumplen cien años del nacimiento del dramaturgo y diez desde su muerte.
Krebs conoce bien el territorio de los clásicos chilenos. Ha dirigido a Marco Antonio de la Parra —La pequeña historia de Chile— y a Juan Radrigán, y sabe lo que significa tomar un texto que ya tiene historia, peso y lecturas acumuladas.
Flores de Papel, estrenada en 1970 y montada en más de veinte países, es quizás la obra más icónica de Wolff: la historia de Eva, una mujer burguesa de mediana edad, y Merluza, el vagabundo que ella deja entrar a su departamento y que terminará destruyéndolo todo. —”Es doblemente un privilegio, un honor, un desafío” —dice el director—. “Para uno como director son esos desafíos que uno espera que ocurran alguna vez”.
La obra plantea desde el inicio un problema escénico concreto: ese departamento burgués, ese espacio aparentemente realista, debe ser intervenido y devastado en escena. Krebs trabaja ese desafío junto a Pablo de la Fuente, su diseñador escénico habitual, buscando soluciones visuales que estén a la altura de lo que el texto exige.
“A mí me interesa mucho entender la puesta en escena como un espacio donde la visualidad tiene un rol muy importante —explica—. La dramaturgia de la imagen es algo que ha sido parte de mi trabajo desde hace mucho tiempo: las construcciones visuales que pueden hacerse en escena también cuentan una historia, más allá de lo que dicen los personajes”, señala.
Pero la pregunta más urgente que se hizo Krebs al enfrentarse al texto no fue escénica sino temática: ¿qué le dice esta obra al público de 2026? La respuesta la encontró en algo que reconoce como un problema de su generación hacia abajo: la dificultad de establecer vínculos verdaderos, de entregarse con honestidad a la posibilidad de fallar en el amor.

Las aplicaciones de citas, dice, han instalado una lógica de mercado en el espacio sentimental —me gusta, no me gusta, una especie de compra de parejas— que la obra de Wolff parece haber anticipado con décadas de ventaja.
“La obra hoy en día ofrece la posibilidad de leer cómo esta pareja desarrolla, en muy pocos días y con una intensidad muy cargada, una relación muy tóxica —dice—. Uno logra ver ahí referencias como Closer, Una mujer bajo la influencia, Eterno resplandor de una mente sin recuerdo: parejas donde está imposibilitado el encuentro verdadero“.
Lo que le interesa de esa imposibilidad no es su dimensión teórica sino su dimensión humana. Krebs lo formula con una honestidad que bordea la confesión: “No hay persona, por más cool que aparente ser, que en un momento no diga: me enamoré, entré en ese espacio de vulnerabilidad donde mi ser depende en algún punto de un otro. La teoría cae y es la experiencia que uno vive la que te atrapa”.
Para encarnar esa tensión, el director convocó a Camila Hirane y Felipe Zepeda, dos actores con los que tiene historia. Con Zepeda trabajó hace años en El amor de Fedra, de Sarah Kane, en el GAM; con Hirane, más recientemente, en La pequeña historia de Chile. Los dos vienen, dice, con mucho carrete encima: Hirane acaba de hacer Prima Facie, un monólogo exigente; Zepeda transita entre el teatro y el audiovisual. Lo que Krebs buscaba no era solo experiencia sino disposición: la voluntad de tocar lugares incómodos.
“Hay espacios quizás más dolorosos o más complejos que uno quisiera no tocar, pero que estos personajes te obligan a hacerlo —dice—. Nos reunimos con ellos mucho antes de empezar a ensayar, y el primer mes y medio fue llegar a acuerdos respecto a qué tanto de nuestras propias vidas privadas iban a aparecer en las escenas. Qué tanto estábamos dispuestos a entregar”, narra.

Ese trabajo previo, dice, produjo entre los dos actores una sintonía que era indispensable. —Sobre todo al hablar de amor —añade—. Y de un amor muy potente e intenso.
La pregunta sobre Wolff —qué pensaría hoy, viendo este montaje, viendo este Chile— le resulta a Krebs más fácil de responder de lo que podría parecer. El dramaturgo, dice, era un adelantado. Lo fue con ‘Los Invasores’, donde uno puede leer el estallido social con años de anticipación. Y lo es también aquí, en esta historia de una pareja que no logra encontrarse de verdad, en un momento en que las nuevas generaciones enfrentan exactamente ese problema: cómo vincularse con honestidad sin mediarlo por los teléfonos, sin mediarlo por las pantallas.
“Creo que pensaría que tenía razón“, dice Krebs. Que las cosas que él plantea no solo son reflejos de cuestiones que en su momento logró ver, sino que pasados cincuenta años siguen estando más vigentes que nunca.
Flores de Papel va de jueves a viernes a las 20:30 horas y sábados y domingos a las 19:00 horas en el Teatro Finis Terrae, con funciones hasta el 5 de julio. El elenco lo completan Camila Hirane y Felipe Zepeda.