Esta tarde se estrena en Agricultura TV un nuevo episodio de “Espacio Libre”, instancia donde expertos abordarán los temas más importantes de la contingencia a través de videocolumnas.
En este espacio, los destacados profesionales analizarán en profundidad distintos aspectos de la política y actualidad nacional e internacional, entregando perspectivas nuevas sobre los hitos que marcan el día a día.
Las columnas se estrenarán todos los lunes, miércoles y viernes a las 20:00 horas a través del canal de YouTube de Agricultura TV.
En esta edición del Espacio Libre, el investigador del Instituto Res Publica, Esteban Montaner, reflexiona sobre la violencia que se tomó el Estadio Libertadores de América la semana pasada durante el partido de Universidad de Chile contra Independiente.
Barras bravas: cuando el fútbol deja de ser un juego
El fútbol, pasión de multitudes, probablemente una de las manifestaciones culturales y económicas más importantes del mundo. Sin embargo, una vez más, ese hermoso deporte se ve ensuciado por un mal que parece no tener freno, la violencia. Lo que se vivió en Avellaneda en el Estadio Libertadores de América fue una verdadera masacre, sangre sobre el césped, y no estamos hablando precisamente de fútbol.
Es importante aclarar que el fenómeno barra brava tiene características distintas según el país de que se trate. No es lo mismo analizar a los hooligans ingleses en los 80 que a los ultras italianos. Tampoco es lo mismo el barritmo chileno que el argentino, todos problemáticos pero diferentes.
¿Qué le pasa a una persona para llegar a estos niveles de agresión? ¿Cómo puede ser que esta maldita cultura del aguante y el sentimiento incontrolable expulse a los hinchas del estadio? A los verdaderos hinchas. Lamentablemente, nada de esto tiene relación con el fútbol, sino es una cuestión anexa, complementaria, cuasi folclórica que se ha desarrollado alrededor del deporte. Lo que vemos es el resultado de una subcultura de las barras bravas han construido durante décadas códigos del mundo carcelario, jerarquías rígidas, rituales de violencia y la narco-cultura infiltrada cual cáncer.
El fútbol es la excusa para otra cosa. Para estas barras, defender un lienzo, imponer respeto en la tribuna, en definitiva mostrar poder, es más importante que la gloria deportiva del club que dicen amar. Al igual que la narco-cultura existe organización, jerarquías y roles claros.
Los que cuidan las banderas, los que marcan el ritmo del bombo, los que controlan a la propia hinchada. Todo esto desplaza al hincha genuino, al que solo quiere alentar, al que va con su familia a alentar el fútbol como un espectáculo de alegría y no de miedo. ¿Cómo puede ser que ir al estadio se convierta en una actividad de alto riesgo? Lo más indignante es que, frente a estos hechos, en lugar de asumir responsabilidades, dirigentes como el presidente independiente, el inmoral señor Grindetti, prefiere viajar de inmediato con Mebol para pelear puntos y evitar sanciones, como si lo ocurrido fuera solo un trámite administrativo.
Esa es la muestra más clara de deshumanización y que no les interesa abordar el problema. Atentos, esto tampoco implica exculpar a los barristas chilenos que también aportaron lo propio en el lamentable espectáculo de Avellaneda. El problema de las barras bravas no es nuevo y no ha sido enfrentado con convicción.
Al comienzo fueron alimentados por la política y se las dejó crecer hasta convertirse en un monstruo que tienen miedo a controlar. Ya con el monstruo desatado, algunos, desde la academia y la política, intentaron romantizarlas, retratándolas como supuestos luchadores sociales o intentando asignarles cierta conciencia política o ideológica. Durante octubre de 2019 asistimos a este lavado de imagen, a la farsa de las barras bravas unidas por la justicia social.
La verdad es otra, son un poder paralelo que erosiona al fútbol, la convivencia y a la sociedad misma. Resolver este problema no es sencillo, no se trata de medidas cosméticas ni de discursos vacíos. Se requiere una política integral que entienda el fenómeno en su dimensión sociológica, política y económica.
Europa ya vivió algo parecido hace 40 años con las tragedias de Heysel y Hillsborough. ¿Lo superaron? Sí, pero no con parches. Lo hicieron con políticas firmes, sostenidas y valientes que involucraron al Estado, a los clubes y a la propia sociedad.
Hoy la Premier League es la liga más importante del mundo y el espectáculo se puede vivir en paz y alegría. El fútbol es pasión, es alegría, es identidad. Son los recuerdos de un hincha asistiendo al estadio con su padre o con su abuelo y lo hermoso de poder compartirlo con sus hijos.
No podemos permitir que el fútbol siga siendo un rehén de la violencia, de los inadaptados, porque cuando hay sangre sobre el césped ya no hablamos de deporte, hablamos de una enfermedad que amenaza con destruir lo que debiese ser una fiesta. En años de elecciones es una batalla pendiente, una oportunidad para sacar a los delincuentes y devolverle el fútbol a las familias.