Desayunar “a la rápida” o, simplemente, postergarlo hasta llegar a la oficina, se ha vuelto una práctica frecuente entre trabajadores que enfrentan jornadas extensas, traslados largos y agendas apretadas. Sin embargo, este hábito cotidiano, muchas veces normalizado, puede tener efectos concretos en la concentración, la memoria y el estado nutricional durante el día laboral.
“El desayuno corresponde a la primera ingesta del día y cumple un rol fundamental en la reposición de energía tras el ayuno nocturno”, explica Álvaro Carrasco, académico y supervisor clínico de la Escuela de Nutrición y Dietética de la Universidad Andrés Bello. Según el profesional , esta comida debería aportar entre un 20% y un 25% de los requerimientos energéticos diarios para asegurar un adecuado funcionamiento físico y cognitivo.
Cuando el desayuno se omite, se retrasa o se reemplaza por alimentos de baja calidad nutricional, comienzan a manifestarse efectos negativos en el desempeño, especialmente durante las primeras horas de la jornada. “Se observa una disminución de la concentración, la atención y la memoria”, advierte Carrasco, apuntando directamente a una práctica frecuente: desayunar en la oficina sin planificación previa.
Desde el punto de vista fisiológico, el cerebro depende principalmente de la glucosa como fuente de energía. Por eso, una ingesta insuficiente o desequilibrada afecta el rendimiento cognitivo. “Desayunar en el trabajo suele estar asociado a la falta de tiempo en el hogar, lo que favorece la elección de alimentos rápidos, muchas veces ultraprocesados y con alto contenido de azúcares simples y grasas saturadas”, señala el académico UNAB.
Este tipo de elecciones no solo impacta en la productividad diaria. A largo plazo, mantener un patrón alimentario de baja calidad durante la mañana puede contribuir al aumento de peso y elevar el riesgo de desarrollar enfermedades crónicas no transmisibles, como patologías cardiovasculares. Además, una alimentación inadecuada también se ha vinculado a efectos negativos en la salud mental, incluyendo mayor riesgo de ansiedad, alteraciones del ánimo y dificultades en la función cognitiva.
Alimentos ultraprocesados
El nutricionista explica que productos como pastelería, sándwiches de rápida adquisición o colaciones industrializadas corresponden, en su mayoría, a alimentos ultraprocesados. “Se caracterizan por un alto contenido de sodio, azúcares simples, grasas saturadas y aditivos, junto a un bajo aporte de fibra, vitaminas y minerales”, puntualiza.
Desde una mirada más estructural, este tipo de alimentos presenta una matriz altamente modificada que altera la regulación del apetito y la saciedad, genera respuestas glicémicas elevadas y puede afectar la microbiota intestinal. En conjunto, estos factores aumentan el riesgo cardiometabólico y deterioran progresivamente el estado nutricional.
Frente a este escenario, la planificación se vuelve clave. “Fomentar una adecuada organización de la rutina diaria permite reservar un espacio para desayunar en un ambiente tranquilo, lo que mejora la calidad de la ingesta”, recalca el Carrasco. Cuando esto no es posible, recomienda optar por alternativas saludables, prácticas y fáciles de transportar.
Claves
Priorizar alimentos naturales o mínimamente procesados —como frutas, lácteos descremados, productos integrales, semillas o colaciones preparadas con anticipación— puede marcar la diferencia. “Estas elecciones permiten asegurar un adecuado aporte de nutrientes esenciales y evitar ayunos prolongados”, concluye el académico de Nutrición y Dietética de la UNAB, destacando que un buen desayuno influye positivamente en el estado de ánimo, la concentración y el rendimiento durante toda la jornada laboral.