Los hombres de 65 a 79 años presentan las tasas más altas de mortalidad por síndrome de dependencia del alcohol en Chile, según un análisis de registros del Departamento de Estadísticas e Información de Salud (DEIS) del Ministerio de Salud correspondiente al período 2016-2024, que registró 1.662 defunciones.
Para el Dr. Matías Ibáñez, médico experto en adicciones y fundador de Clínica Pellet Chile, el fenómeno puede estar relacionado con personas sobre los 65 años “que arrastran un consumo desde hace décadas y que se disparó cuando se quedaron sin rutina, sin pareja o sin compañía. La jubilación, la viudez y la soledad no crean la adicción, pero son la excusa: el vaso pasa a llenar las horas y el silencio, y en la casa nadie levanta la alerta”, señala.
Cirrosis: las consecuencias pueden aparecer décadas después
Los registros también muestran el impacto acumulado del consumo de alcohol. Entre 1997 y 2022 se registraron 20.918 muertes por cirrosis hepática alcohólica en Chile. El 85% correspondió a hombres y los grupos de edad más afectados fueron los de 40 a 59 y 60 a 79 años.
La cifra contrasta con la tendencia general: las muertes por cirrosis alcohólica disminuyeron 53,7% entre 1997 y 2022. Sin embargo, el efecto de los hábitos de consumo prolongados puede mantenerse durante décadas y manifestarse en edades mayores.
El último Estudio Nacional de Drogas en Población General de SENDA muestra que el consumo de alcohol en el último mes alcanzó 31,7% entre las personas de 45 a 64 años. Esto permite observar un fenómeno distinto al de una mayor prevalencia en la vejez: algunas personas pueden llegar a los 60 o 70 años con un patrón de consumo instalado desde décadas anteriores.
Soledad y pérdidas: cuando cambia la rutina
La soledad es otro factor que puede incidir en esta etapa. Según el Observatorio del Envejecimiento UC-Confuturo, el 49,2% de las personas mayores experimenta sentimientos de soledad y el 55,5% presenta un alto riesgo de aislamiento social.
La jubilación, la viudez, el nido vacío, el dolor crónico, los problemas de sueño o una reducción de los ingresos pueden significar cambios importantes en las rutinas y redes sociales construidas durante años.
A nivel general, la Encuesta de Bienestar Social 2025 del Ministerio de Desarrollo Social y Familia estima que cerca de 1,5 millones de adultos en Chile se sienten solos “casi siempre” o “siempre”. “Muchas veces el consumo no es el problema de fondo, sino la forma de manejar ansiedad, depresión o malestar emocional. Funciona como una válvula de escape momentánea, pero después el costo es mayor”, señala el Dr. Ibáñez.
Un hábito que puede cambiar de función con los años
El problema no necesariamente comienza en la vejez. En algunos casos, se trata de un consumo que se ha mantenido durante décadas y que cambia de función cuando desaparecen ciertas rutinas, vínculos o responsabilidades.
“La mayoría de estas personas no bebe para divertirse. Bebe para llenar un vacío, para calmar una sensación de desconexión o para soportar el silencio. Cuando el alcohol empieza a cumplir esa función emocional, deja de ser un hábito social y se transforma en una señal de alerta”, explica el especialista.
Además, el envejecimiento modifica la forma en que el organismo responde al alcohol. La disminución de la masa muscular y del agua corporal, junto con el uso de medicamentos y otros cambios fisiológicos, puede aumentar sus efectos y los riesgos asociados.
“La voluntad sola rara vez es suficiente para vencer una adicción: el cerebro con dependencia ha cambiado físicamente. En el paciente mayor, además, se debilita el juicio crítico sobre su propio estado y la familia normaliza los síntomas, atribuyendo a la vejez lo que es una dependencia activa”, advierte Ibáñez.
Las señales que no deberían atribuirse simplemente a la edad
Algunos signos pueden confundirse con cambios propios del envejecimiento, pero también pueden ser señales de un consumo problemático:
- Caídas, tropiezos o golpes frecuentes sin una explicación clara.
- Amnesia posterior al consumo: no recordar lo que se hizo o dijo después de beber.
- Ánimo depresivo o irritabilidad inusual después de consumir.
- Insomnio o somnolencia durante el día.
- Aislamiento, consumo a escondidas o en solitario.
- Promesas reiteradas de moderar el consumo que no se cumplen.